miércoles, 19 de diciembre de 2012

48. La mentira inconfesable


  No fui yo quien los presentó. Tampoco insistí para que se vieran. Que se casen no tiene nada que ver conmigo. Julián la eligió. La conoce bien. Sabe a qué atenerse con ella. Digo, se supone que sí. Fueron tres años de noviazgo, un hijo...

  Todos creímos que cuando nació Martín él la dejaría. El médico le habló mucho de genética y de mala suerte. Yo sabía que el doctor se equivocaba pero igualmente le hablé a Julián del destino: cómo explicarle sino que Martín no era como  él.

  Con el tiempo hemos aprendido a disimularlo todo, incluso eso.

   Sí, sé que debería contarle.

  Sin embargo, si le digo también yo quedaré involucrada. Y no es cuestión de que sospeche de la existencia de gente como nosotros, incompleta.

47. Por la espalda


  Dicen que las colinas y montes despiertan a medianoche y susurran sabios consejos a los caminantes.
  ¿Cómo creerles si hace horas que es de noche y camino por la espalda de este inmóvil terrón para oír sólo perogrulladas?

sábado, 15 de diciembre de 2012

46. En vos.

Recorro el mundo en tus labios:
rozo la brisa,
beso el cielo,
surco el agua
del mar
y en los campos
me paseo.

Recorro el mundo en tu cuerpo:
soy un barco
entre tus calles
y flores
en tu desierto.
Soy la tenue luz que surca
el viento.

Recorro el mundo en tus brazos:
veo pájaros, 
veo sueños,
veo estrellas.

Tu tibieza es mi refugio,
mi ciudad
y mi anatema.



Puentes:


25. Conocimiento
27. Invisible
39. Tankas



jueves, 13 de diciembre de 2012

45. Intermedio

  Es extraño. Sé que lo es pero lo acepto con naturalidad. Me mira con sus ojos de almendra y sonríe con sus dientes chiquititos.
  Es extraño. Lo sé. Porque los chicos no se me acercan nunca y, en realidad, no me gustan. Así y todo, Nana me parece especial.
  Creo que se llama Nana, al menos eso le entendí cuando le pregunté su nombre. Y luego me mostró su mano de dedos indóciles para indicarme su edad: dos años.
  No sé qué le llamó la atención de mí. Quizá que estuviese leyendo. Puede que no haya visto a alguien leer en un banco de plaza, o sea nomás el vaivén de mi vestido. No importa. Ella me mira como por primera vez y me hace sentir nueva.
  Le corto una ramita del árbol con diminutas florcitas rosas que hacen juego con su vestido. Quiero agradecerle que me haya devuelto a Córdoba. 
  Ella acepta el regalo con esa frescura infantil que se pierde tan pronto y corre a mostrárselo a su madre.
  Yo vuelvo al París de la Maga.

Puentes:

22. Encuentro
38. El regalo
24. Plaza

sábado, 8 de diciembre de 2012

44. Destino

  Un vago presentimiento le impedía esa tarde continuar con su trabajo.
  Miró a su hijo: joven, hábil, valiente, hermoso. "Mi gloria será su gloria", se dijo para darse ánimo .
  Sabía, de alguna extraña forma, que la muerte los esperaba al final de su éxito o de su fracaso.
  Inventar un laberinto que desafiara al mundo era un ejercicio complejo, escapar del miedo o de la ingratitud del rey, aún más.
  Vio unas aves en el cielo. “¿Será una advertencia de Apolo?”, dudó. Él, superior en ingenio a todos los mortales, no merecía una muerte vulgar. Encontraría la forma de burlar a las Moiras y salvarse. Y salvarlo.
  En silencio, ahora quizá en paz consigo mismo, siguió diseñando el laberinto.







45. Intermedio

                    Puentes:




miércoles, 5 de diciembre de 2012

43. Perspectiva

--Con trece años la vida me parecía infinita-- le confesó con nostalgia Lucía. 
Al llegar a los cuarenta había comenzado a revisar y replantearse muchas cosas de su vida. Sobre todo, los siete años vividos con Julián, su frustración ante la imposibilidad de tener hijos, la llegada de Ayelén.
--Cuando se tienen ochenta años esas cosas importan muy poco-- la consoló Irma, su vecina, exhibiendo su anillo de compromiso. --Mi tercer matrimonio va a ser el mejor de todos.



Puentes:


37. Mímesis






42. Mentiras

  Emanuel no le diría la verdad. La primera vez que le habló él sintió la necesidad de mentirle, de crearse una máscara atractiva, de ser otro.
  En realidad, la sinceridad no era su marca personal y ciertos problemas con su autoestima empeoraban terriblemente la situación.
  Era consciente, eso sí, de que la ilusión duraría sólo un tiempo y luego, descubierta la mentira, la relación sería insalvable. A pesar de eso, o quizá por eso, se creaba máscaras cada vez más elaboradas e insostenibles.
  --No sirvo para el amor- le había confesado a su hermano. Y él creía que esto era cierto.
  No, no le diría la verdad. Mara era una muchacha alegre y amable, sumamente simpática. Tenía una beca para estudiar medicina. Era brillante. Emanuel había sabido de ella por una compañera de su primo. Fue amor a primera vista.
 Aprendiz de geólogo, pertenecía al grupo de los estudiantes crónicos, muy de moda en aquellos años. No era ni atlético ni carismático, y su atractivo natural se centraba en sus ojos grises. Trabajaba de medio tiempo en un local de alquiler de dvd. En agosto cumpliría 36 años.
  Sabía que la verdad no le ayudaría cuando ella lo miró.
  Iba a mentirle, como hacía siempre, pero, por alguna razón, dudó.
  --Soy Emanuel, de Geología. ¿Vos?
  --Lucía- dijo ella- Tengo que irme.- agregó.

41. Sueños dormidos.

  Nacés. Tu infancia es de autitos y muñecas.Una hermana mujer, una tío postizo. No te falta cariño, ni una mujer. Te casás una primavera. A tu tercer hija la llamás Eloísa. El cuarto es varón. Te dan nietos. Pero tu vida no es lo que anhelabas. Decidís escribir. Rozás el éxito. 
  Publican póstumamente una selección de tus poemas.


40. El sueño (Caballo- espejo)


  Nadie podría asegurar que un tordillo negro fuese más peculiar que un alazán o un overo tostado, pero todos estarían de acuerdo en afirmar que Maese era un caballo especial.

  Claro que Maese no tenía, en el sentido estricto de la palabra, un pelaje agrisado, sino más bien metálico y brillante como un espejo. Esto le traía terribles contratiempos en verano y apacibles inviernos. 

  El dueño de Maese era Efraín, un anciano gris, amable y sencillo, que estaba encariñado hasta tal punto con él que se había negado, en reiteradas ocasiones, a venderlo sin importar las fortunas puestas en juego.

  Cierto es que esto le trajo sinsabores pero la tierna compañía de Maese lo compensaba todo.
  Una noche, presintiendo la muerte, el pobre hombre pensó en su caballo de espejo y lloró. El mundo sería un lugar solitario para su amigo. A medianoche, Maese soñó con su dueño, lo soñó fuerte y joven, lo soñó jinete. 

  "Es un caballo especial", explicaba años después Efraín, pasando su joven mano por su cabello tan negro como su boina.

martes, 4 de diciembre de 2012

39. Tankas

Tormenta

Viento en tu voz.
Ecos de lluvia. Muere 
en tu pelo, salvaje,
el frío ser de la calle.
Veo tu puerta cerrarse.


Brillo nocturno

Agua feroz.
Es la noche que llueve
perlas salvajes.
Frías gotas que el viento
hiere. Luces que laten. 





Puentes:

  

38. El regalo

  Quiero un despertador rojo como el saco que la Yaya me tejió. El despertador es cosa de grandes: Dice la hora y hace un ruido terrible. Pero primero voy a tener que aprender a leer la hora. Lucas dice que es fácil.
  Lucas es mi hermano. Él tiene un despertador feo, todo gris, lleno de palitos y cruces y uves. Es un despertador raro pero él lo entiende.
  La Yaya no sabe leer la hora. Yo le enseñé a escribir su nombre pero de horas no ni ella ni yo entendemos nada. Mamá sí sabe. Tengo que pedirle que me enseñe la hora así le pido a los Reyes que me traigan un despertador. Ella tiene paciencia y va a enseñarme.
  El despertador de Lucas hace ruido siempre a las siete. Ese me explicó la Yaya que no sabe de relojes pero sí de trabajos, y a esa hora él se tiene que levantar para ir al trabajo.
  Tuve un sueño raro, no tenía despertadores ni sacos rojos, fue un sueño de vampiros. Mamá me dijo que no me quedara viendo tele hasta tarde. Lucas me dejó ver tele porque era sábado. Los sábados no hay escuela. Tampoco los domingos.
  Lucas trabaja los sábados pero no trabaja los domingos. Por eso no sé si son las siete. El despertador no suena los domingos.
  Podría preguntarle a la Yaya. Ella mira el sol y dice si es hora de levantarse o de comer o de prender el noticioso.
  No quiero despertarla para preguntarle. Duerme en la cama de al lado. Ronca a veces, cuando está con el catarro. Hoy respira suavecito. Ya se despertará sola. “Yaya, por qué no se queda descansando un rato más. ¿Qué necesidad de madrugar tiene?” la reta a veces mamá. Pero la Yaya madruga igual, se despierta siempre muy temprano, antes que mamá.
  Ella dice que su despertador es el sol, pero que no hace ruidos como el de Lucas. A mí me parece que su despertador suena a pajaritos.
  No quiero despertarla porque hoy es su cumpleaños. Cumple un montón de años. Eso me dijo y que nació en el 27. No sé dónde queda eso.
  Le hice una cajita para guardar su Virgencita, para cuando va a visitar a los tíos y no sabe en dónde llevarla. Se la armé con maderitas del patio. La pinté de rojo, es mi color favorito. Lucas me ayudó. Siempre me ayuda. Espero que le guste mi regalo.
  ¡Uy!, ya se escuchan los pajaritos. Y veo mi mano. Con uñas y todo.
   En un rato la Yaya se va a levantar y vamos a comer torta y tomar café con leche. Mamá y Lucas tomarán mate. La Yaya no toma mate, sólo café con leche. Va a abrir mi regalo y le va a encantar. A mí me encantan los regalos.

lunes, 3 de diciembre de 2012

37. Mímesis

Lápiz en mano. La mirada fija en la hoja en blanco. 
Por fin parece descubrir algo.

-Está lleno de animales- Me explica y comienza a dibujar una jirafa.
-Las jirafas no son azules- Intervengo, al cabo de un rato observándola.
-¿Cómo sabés si no la viste?-y me señala una silueta azul, inquieta y rumiante, en una esquina del papel.

36. Salto al vacío

Fría y azul resultó ser. Y húmeda. Y frágil.
Tendida al sol, aferrada a una vida inmóvil, su tiempo era de espera y de riesgo.

Promedió la mañana, creció la luz, vino el viento. 
Su azul era más cielo y el jardín una promesa agradable.
Tomó valor, si es que hay valor en la pureza, y se impulsó hacia la nada, para probar su suerte.

35. El método



Era la segunda persona que me hacía jurar que yo no mataría a aquel hombre, y la tercera que comprendía la inutilidad de esa promesa"

Porque nadie debía saberlo, aunque lo sospecharan todos.
Mis razones era válidas: cinco años viviendo a la sombra de Raquel me habían convertido en una persona llena de resentimientos y la llegada de Víctor, a su vida, en lugar de rescatarme de ese abismo me había hundido más. 
Él no iba a ocupar mi lugar y no lo hizo.
Admito que, cuando Luis me habló del tema, aún tenía mis dudas sobre la necesidad de eliminarlo. Pero estaba seguro del método.